Wednesday, November 04, 2009

La Leyenda del Parque - Parte II

Capítulo 3: La Zona Internacional
Una pampa beige y oxidadas jaulas rectangulares se divisaban a lo lejos, haciéndose cada vez más claro el descuido de las mismas mientas nos acercábamos. El primer animal que nos recibió en esta zona fue, nada más y nada menos, que el león, el rey de la selva. Bueno, creo que éste era máximo el alcalde de la chacra, porque el pobre estaba en un estado tan lamentable que terminó de partir mi diabólica alma. La melena se había visto reducida a unos mechoncitos que colgaban cual tratamiento quimioterapéutico, su andar era lento y fofo, y cuando en un momento se puso en posición de rugido, emitió tal extraño y áspero sonido que lo único que provocó en mí fue recomendarle Benylin Tos Seca. La leona, por su lado, parecía haberse comido al lobo marino que vimos previamente, porque literalmente arrastraba la barriga por el piso. No se sí estaba embarazada o si tenía problemas de tiroides, pero era chocante su tamaño.
Detrás de los pobres felinos decadentes, se encontraba un jardincillo con pavos reales. Estáticos como piedras, estaban echados en el pasto con su fantástico plumaje (son regios estos pájaros, eso sí) brillando multicolormente bajo nuestro sol primaveral. Subí la mirada y vi un cartel que decía: “No me alimentes, me encuentro en una dieta especial”. Ay bueno, hoy en día, ¿quién no está en una dieta especial? Ya se acerca el verano, y hasta los pavos reales están en operación bikini. Pero me imagino que hay que advertir al público igual; ya puedo ver en los periódicos “pavos reales del Parque de las Leyendas mueren envenenados por Tetín Pop”. El siguiente animal en esta parte era el tigre. Personalmente, el tigre es uno de mis animales preferidos, es lo suficientemente salvaje, bonito y exótico para llevarse todo mi interés, así que esperaba que por lo menos éste no estuviese en estado de putrefacción. Por suerte me di cuenta que se le veía relativamente sano, pero estaba privado en el piso de su pequeña jaula abriendo los ojos de vez en cuando para percibir con aire de resignación los gritos de los niños: “¡el tigre mamá, el tigre!” (Noooo, ¿en serio? Pensé que era una foca). Luego caminamos hacia una fosa que envolvía un espacio abierto donde se encontraba una pareja de osos. Su “prisión” era un enorme espacio con pasto, rocas, hasta una especie de casita para refugiarse del frío. Sólo pude pensar en la tremenda injusticia que esto suponía, considerando que la jaula de los leones era minúscula comparada con la suite presidencial de los osos. Nuestra siguiente parada fue en el sector de los hipopótamos, donde nos dedicamos a ver una madre hipopótama (obesa, obvio) empujar por el trasero a su pequeño bebé para bañarlo en un mini charco que les han acondicionado. Admito que el baby hippo era una cosita de lo más tierna, parecía hecho por Pixar.
Nuestra siguiente parada fue en un establo de bueyes (¿?) así que pueden imaginarse que no hubo nada muy emocionante por documentar. Luego se encontraba el sector de cebras, las cuales siempre se ven realmente bonitas; juntas parecían un cuadro. Pero lo extraño fue ver a una cebra suelta en el perímetro donde está encerrada la jirafa. Era realmente insólito ver a la jirafa gigante caminar por su pequeño hábitat artificial con una pequeña cebra que la seguía metros abajo. ¿Era su mucama? No tengo idea, pero lo que sí me quedó clarísimo fue que la jirafa necesitaba una potente dosis de Prozac, Zoloft o Paxil (sí, me los conozco todos; y sí, por lo visto pretendo medicar a toda la fauna del parque), porque estaba con una cara que transmitía la más crónica de las depresiones. Finalizamos el recorrido de la zona cadavérica, perdón, internacional, con el cercado de las cabras de monte. Como sospecharán, nada digno de conversación puede salir de ver una cabra de monte, así que cuando nos acercamos para ver alguna gracia del bicho, ésta empezó a saltar como loca y lengüetear la reja que la separaba de nosotros. Me di cuenta que su demencia se debía a una bolsita de Chizitos o papitas que tenía una de mis amigas en sus manos, y le desorbitaba así los ojos a la cabra. “¿Ves? ¡Es por eso que te usan para representaciones satánicas!” le grité sin más al animal. Me reí sólo de mi conjetura así que decidí anotarla en mi block. Así que ahí me encontraba yo, parado, regio, con lentes gigantes y apuntando en mi fiel libretilla, cuando de repente escucho a una mujer decir atrás mío: “No, es que ellos son de otro país, pues, y vienen a apuntar”. ¿AH? ¿QUÉEE? ¿CÓOOMO?Así eso fuese cierto, ¿qué demonios creerían que yo, el “extranjero”, apuntaría? No pude evitar atorar una carcajada y apuntar instantáneamente lo que había dicho esta sujetilla en mi pad. Lo irónico es que fue ESA frase la que terminé apuntando en la libreta. Gracioso darme cuenta que por lo visto, de acuerdo a esta gente, lo más internacional de la zona Internacional, era yo.
Capítulo 4: La Selva
Antes de cambiar radicalmente de ambiente, distinguimos una edificación cuadrada y negra, desde la cual se escuchaban gritos misma casa del terror. Así que nos acercamos a ver qué onda con esta locación, la cual resultaba ser un laberinto de espejos. Por un momento consideramos la idea de entrar, pero querían cobrarnos como seis soles por persona (lo cual es un ripiecillo cualquiera, pero me indignaba tener que pagar por entrar a un cuarto lleno de niños – multiplicados a causa de los espejos- que para colmo olía a tigrillo, a pesar de no haber ni uno de éstos en el parque), así que decidimos mejor no hacerlo. Además, la selva nos esperaba.
El cielo advertía que sólo nos quedaría como una hora de sol, así que decidimos acelerar el paso hacia un espacio cubierto por los inconfundibles chillidos de guacamayos y monos. La “selva” nos recibió con un falsísimo estanque lleno de coloridos peces y fangosas aguas, en el cual flotaba más basura que en el mar de Chorrillos. Realmente daba un poco de vergüenza ajena ver el estado de estos ambientes, y no porque no los limpien, sino porque exista la necesidad de hacerlo con tanto rigor. Sobrecitos de kétchup, botellas, envolturas, galletas, canchita; creo que vi hasta un Chicle Baby flotando a la deriva. Cuando esos peces muten a monstruos de tres ojos, me encargaré de culpar personalmente a todos los moticucos antihigiénicos que arruinan el hábitat bamba que les han creado. A ver si aviento a tu hijo (sí, el del moquillo pegado en el mentón) a la acequia la próxima vez que te vea tirar tu envoltura plástica vacía de maní dulce.
En medio de esta lagunilla había una suerte de isla con una estructura de madera y lianas que colgaban de todos lados. Y obviamente, era éste el sector de los monos, los cuales, como buenos monos, saltaban, gritaban, se meaban, se tocaban indebidamente y comían cuanta fruta rancia hubiese en el perímetro que les delimitaba el foso de agua. El resto del camino selvático estaba compuesto por grandes jaulas donde se encontraban miles de pájaros coloridos que emanaban una sinfonía compuesta por los más alterantes y tropicales sonidos del mercado. Luego vimos a un par de sachavacas, sajinos, y a todos esos animales que son tan feos como sus nombres. Debo admitir que la Selva me decepcionó un poco. Todos suelen jactarse de la fantástica fauna de la selva peruana, sus fabulosos animales y su impresionante diversidad de especies. Bueno, aparte de cuatro monos locos y los pericos multicolores, no puedo decir que se me haya mostrado lo mejorcito de la jungla peruana. ¿Dónde están las anacondas, los otorongos, gallitos de las rocas? Carijos, a estas alturas me contentaba con ver a una shipiba en jaula, creo.
Luego apareció de la nada un claro ambientado cual tribu selvática, donde un sujeto con poncho tarapotino (pero zapatillas del Mega Plaza) tocaba un bizarro instrumento y vendía pucas y bisutería como si en verdad estuviese en medio de la Selva alta o Rupa rupa (sí, esa división, la del colegio). Lo único que llamó mi ojo fue una laguna cubierta íntegramente por esas hojas redondas que flotan junto con flores moradas y saltan sapitos alrededor (súper “La Sirenita” en su fase muda), porque parecía de verdad (o sea, sé que las plantas eran reales, pero me queda claro que esa laguna fue más armada que el Joven Manos de Tijera); aunque se vio todo rotundamente arruinado cuando divisé una caseta flotante de madera la cual a primera impresión parecía una graciosa balsita y una divertida idea, pero de ahí me di cuenta que era sólo un elemento decorativo para que la gente se tome fotos (y ESE tipo de fotos, las que terminan en marco de cartón). Fue entonces cuando escuché el último comentario de la zona. Una adolescente aledaña le dice a su amiga la cual estaba comprando un plato en el “Restaurante Típico de la Selva”, ubicado al lado del hombre de las pucas: “Melody (asumo por su bien, que así se escribía su nombre), ¿ya probaste el tacacho?” OK, Pensé yo: efectivamente me encuentro en la selva. Así que nos movilizamos una vez más, dispuestos a adentrarnos en la última zona planificada en nuestro recorrido.
Capitulo 5: La Sierra
No podría decirles si dejar la Sierra para el final fue una muy buena o una muy mala idea. Por un lado, ya estábamos agotados: habíamos caminado todo el día, estado bajo el sol non-stop, adquirido y consumido golosinas de dudosa procedencia, y soportado a cantidades industriales de personas. Y por otro, la zona de la Sierra no era muy emocionante que digamos. Un cerco con ovejas, un par de llamas y alpacas repartidas por ahí, unas águilas, gavilanes y aguiluchos (que eran lo más simpático del sector) y finalmente un par de cóndores gigantes que siempre son imponentes. Pero lamentablemente mis energías para documentar se veían mermadas cada segundo. Así que hicimos el recorrido a paso relativamente veloz, haciendo chistes al respecto de cómo la gente se caga olímpicamente en los carteles de advertencia y alimenta a los pobres animales con cualquiera sea el alimento que tengan en mano.
Mientras el sol proyectaba los últimos rayos de la tarde, iba dejando un claro y anaranjado ultimátum que nos indicaba que el día se estaba terminando. Así que retornamos hacia la zona de la entrada, donde un lamentable Barney seguía haciendo su show, realizando alegres y forzados ademanes a los niños que rondaban con sus padres las inmediaciones del Parque de las Leyendas. Mi amiga Antonella se aproximó para verificar la afable personalidad del dinosaurio, y yo sólo me acerqué con ella y le hice la siguiente pregunta: “Perdón, pero, ¿no odias tu disfraz?” Un extraño silencio se dibujó tras la falsa sonrisa de espuma, rompiéndose luego con la respuesta más inverosímil que pude imaginar: (voz de Barney, igual a la que sale en la traducción que dan en Discovery Kids) “¡Hola amiguitos! ¡Espero se hayan divertido!” Hmmm. Bajé mis lentes de sol hasta la punta de mi nariz, emitiendo solamente el siguiente comentario: “Sí, eso pensé. Adiós.”
Y fue así como salimos del zoológico, nos trepamos al carro y partimos de vuelta a nuestros lares. Lo gracioso fue que a pesar de todo, el Parque de las Leyendas nos ofreció una experiencia diferente y en verdad, bastante divertida. Y sí, vi un león al borde de la putrefacción, una jirafa depresiva, un oso con (al parecer) soriasis, un grupete de cabras tronadas, lobos marinos obesos y gente que no respetaba la más mínima norma de cuidado, pero mal que bien, están ahí. Haciendo del Parque de las Leyendas el lugar que es y me imagino sigue tratando de ser. Así que esa famosa leyenda que nos decía que había un parque zoológico en el Perú con animales del país y del mundo, era relativamente cierta. Pero al igual que con todas las leyendas, una vez que ahondas en el tema, descubres que las cosas nunca son como te las habían contado.

2 comments:

Anonymous said...

nadie me la habia contado de esa manera, igual. jaja muy paja tu post

Anonymous said...

jajaja, no deje de reirme! muy bueno