Friday, January 09, 2009

My Junk

Feliz año, cibernautas. Nuevo año, nuevas resoluciones, nueva actitud, nueva ropa, nueva oportunidad para empezar otra vez, intentando no cometer los errores que nos arruinaron el año anterior. Eso es lo divertido de los años nuevos: no sólo suele haber una fiesta a todo dar (mortal decir “a todo dar”, es casi tan anticuado como “macanudo”) para recibirlo, sino que empezar el siguiente es como escoger New Game en un videojuego. Pero esto no sucede solo. Hay un cierto ritual que tenemos que seguir para considerar que realmente estamos dando inicio a un nuevo año y a un nuevo estilo de vida. La mayoría de nosotros intenta renovarse y reinventarse (por lo menos yo; y si no lo hacen, deberían), lo que significa eliminar cosas viejas y antiguas de nuestras vidas (físicas y emocionales) para hacerle espacio a las nuevas que eventualmente llegarán. Pero luego de una pequeña introspección de mi persona y revisión de mi cuarto, no pude evitar darme cuenta que dentro de mis procesos reinventivos año a año, yo había aplastado muchas de las cosas viejas con las nuevas, no haciéndoles exactamente el espacio requerido. Fue entonces cuando aproveché una de las primeras tardes de mi verano para ordenar mi cuarto, mi ropa, mis ideas, y mi vida, por qué negarlo.
Primero observé el mueble con mi vieja computadora. Pobre ella. Desde la llegada de mi laptop este año la había dejado tremendamente de lado, y esa zona de mi cuarto se había convertido en un depósito de libros, cuadernos, files, trabajos, archivos, CDs, cremas (¿por qué éstas no estaban en el baño con el resto de mi Beautification Pack?), cajas vacías, y muchas, muchas revistas (25 People, 3 Somos, 2 Cosmopolitan, 5 Vogue, 3 GQ y una Gisela, que la verdad, me consterna saber qué carajos hacía ahí). El teclado empolvado, la impresora en desuso y el scanner más podrido que el sistema judicial del país, me hicieron darme cuenta que era hora de eliminar todo lo que tenía al frente, independientemente de las razones por las cuales se encontraba todo ahí. Pero no podía empezar por aparatos electrónicos de difícil destierro, iba a ser muy complicado. Así que decidí pasar al siguiente rubro de limpieza: el clóset.
Mi clóset tiene una gran importancia para mí (NO pun intended, para quienes quieran hacer chistecitos predecibles al respecto), ya que la ropa es un factor de enorme trascendencia para quienes tienen la sensibilidad estética suficiente para diferenciar algo que te queda bien, de algo que te queda perfecto. Pero era quizá esta tonta sensibilidad (y flojera, claro está) la cual me había evitado durante ya bastantes años hacer una barrida completa que me ayudara a determinar qué se iba y qué se quedaba. Empecé por mis cajones, pensando que así sería menos doloroso el proceso. En el de ropa interior encontré medias que compré para cuando me inscribí en el gimnasio en el año 2005, guantes de lana (¿en qué demonios pensaba?) que compré en algún viaje a provincia, clazoncillos de marcas que ni siquiera quiero mencionar, y polos de pijama que me asustó ver que seguían en mi cuarto (como mi polo de las cachimbadas PUCP – Letras 2002; entré en SHOCK). Eliminado todo. Pasamos luego a los polos regulares, distribuidos en tres cajones diferentes: Polos de diario (clases, compras, un café en la tarde, etc.), polos de no tan diario, por ende un poco más bonitos que los anteriores (almuerzos familiares, comidas, y uno que otro evento de menor importancia) y los polos fiesta (It’s Britney, bitch). Tuve que eliminar más de los esperados, sobretodo porque las tallas eran una cosa de locos. O yo tuve un pasado de obesidad mórbida que estoy aún tratando de definir, o la moda ha afectado el entalle de la ropa de modo que mi cuerpo latino tiene que estar más expuesto de lo imaginado, go figure. Encima de todo coloqué los más nuevos, para no sentir que mis prendas habían sufrido una baja tremenda después de mi depuración veraniega.
El siguiente cajón, destinado a shorts, ropas de baño y por lo visto, chalinas, contó con una eliminación rápida e indolora. Los shorts gigantes pasadísimos de moda fueron más que sacados del mapa, Volcom aplastó a un par de Billabongs de antaño, y como las chalinas se convirtieron en mi “thing” invernal recién hace tres años, todavía no estaban en categoría desechable. Lo que sí hice fue cambiarlas de zona, ya que ésa era completamente incorrecta para ellas.
Llegamos entonces a los zapatos. WOW. Tengo mucho más zapatos de lo que me acordaba. Zapatillas que compré también para el gimnasio (al cual fui 2 meses), unas zapatillas que compré en oferta y recién ahora entendí por qué estaban en oferta, otro par que me prestaron mis amigos en algún momento cuando no tuve tiempo de cambiarme en mi casa, incluso unas que me compré en una feria de Adidas en la playa hace ya tantos años que me avergüenza comentarlo. Definitivamente yo tenía un problema con los zapatos, y era lo que menos botaba.
En los años pasados más recientes de mi vida, tuve una pequeña obsesión con las chompas y sweatshirts. Así que al llegar a los estantes en donde guardo todas éstas, mis compras al respecto se hicieron evidentes. Lo más gracioso es que a pesar de todas las que encontré, me di cuenta de que me he pasado el invierno completo diciendo “No tengo nada que ponerme”. Irónicamente, me queda claro que lo voy a seguir haciendo.
Luego me cansé. Todo había sido un extenuante trabajo psicológico, así que decidí tomar un vaso de agua y fumar un cigarro en la sala. En medio de mi descanso, decidí pasearme por la casa a ver si el resto de mis familiares contaba con mi misma deficiencia “desechísitca”. Mi madre por supuesto que no, su clóset estaba más ordenado que cava de vinos y no creo que hubiese nada que ella tuviese pensado desechar pronto (aunque, por más que la ame como la amo, le recomendaría botar un par de sandalias cuña que no están haciendo bien a nadie). Mi papá, on the other hand, me dejó claro que es de él que he heredado mi habilidad de apegarme a los objetos innecesarios. Cuando vi en su lado del clóset unas corbatas circa 1983, me di cuenta que este gen es perenne. Finalmente me paseé por el cuarto de mi hermano, quien siendo diez mil veces menos obsesivo compulsivo e histérico que yo, ha logrado mantener un orden relativamente simétrico en su habitación. Vi al costado del radio (malogrado hace años, en eso es un poco como yo y mi papá también) su colección de shots (sí, shots, como tequila shots), recolectados de los varios países del mundo a donde viaja debido a su labor de negociar el TLC, y no pude evitar cuestionarme: ¿Será que mis polos, chalinas y zapatos, son mis shots? ¿Mis revistas, con sus varias páginas dobladas marcando fotos, publicidades o artículos que me interesaron, son mi forma de guardar algo que tuvo cierta importancia para mí? ¿O soy sólo un cachivachero que no bota nada? Esta limpieza veraniega resultó ser un poco más terapéutica de lo esperado.
Finalmente, regresé dispuesto a embarcarme en la batalla final de purificación de mi cuarto. Revisé la parte superior del clóset, en donde tengo desde juegos de mesa, mis libros antiguos de la universidad (me chocó bastante ver Derecho Civil 8: Contratos - Volumen I) y por lo visto, una colección de bolsas de compras. Intenté jalar una pita naranja que colgaba armoniosamente, pero fue muy tarde cuando me di cuenta que se me venía encima la bolsa de Lacoste a la cual pertenecía dicha pita, teniendo dentro la caja de Jumanji (el juego, sí, pero obviamente no el verdadero del cual salen rinocerontes y leones). Fui noqueado sin más, y sólo pude darme cuenta que cayeron con la caja muchas más bolsas de varias otras marcas, haciendo evidente mi desorden compulsivo por comprar cosas más caras de lo que debería y mi clara huachafería por guardar cada una de ellas. Son estos momentos en los que me burlo de mí mismo pero nace un tierno afecto hacia mi persona.
Sólo atiné luego a pararme, regresar las cajas y bolsas al lugar en donde estaban, y considerar por terminada mi limpieza veraniega. Baby steps, como siempre digo. Uno no puede esperar cambiar de la noche a la mañana; además, quién es quién para juzgar el nivel de importancia que uno le puede dar a las cosas que guarda, ¿o no?
Así que out with the old, in with the new. Puedo por lo menos afirmar que ya tengo espacio para recibir al 2009 y todo lo que éste traerá consigo. Está bien, ni cagando espacio para todo, pero lo suficiente para meter lo nuevo, y apretujar lo viejo; ya sea al fondo de mi clóset, o de mi orate cabeza.

"In the midst of this nothing, this miss of a life.
Still there's this one thing just to see you go by.
It's almost like lovin', sad as that is.
May not be cool, but it's SO where I live.
[...]
It's like we stop time. What can I do?
We've all got our junk, and my junk is you.
My junk is you. My junk is you.
You. You. You."
Spring Awakening - My Junk

2 comments:

Anonymous said...

Un éxito,

Bullock.

Pd. Botaste la camisa roja?

Anonymous said...

que lindo.