Tuesday, December 16, 2008

Stress & the City

Lima no es Nueva York (clearly). No tendremos edificios de ochenta pisos, grandes corporaciones a la vuelta de la esquina, un metro (tenemos demasiados Metro y Plaza Vea, sin embargo) o una avenida gigante con las mejores marcas del mundo donde un abrigo cuesta igual que un pequeño país (con gente incluida). Pero, al igual que allá, tenemos tráfico, bulla, horas punta, y la impresión de que nuestra ciudad soporta más gente de lo que debería.
El censo realizado en el año 1993 determinó que Lima contaba con aproximadamente 6.7 millones de habitantes; cantidad luego revisada por el censo de este 2008, la cual es actualmente de 8.8 millones de habitantes. Geográficamente, se expande en un territorio horizontal que comprende el 5 ó 6% del total nacional (give or take; no soy geógrafo). Pero sin embargo, alberga al 32% de la población nacional. En otras palabras menos técnicas y aburridas: es un HORROR.
Estamos acostumbrados, sí; pero no porque sea fácilmente soportable, sino porque no nos ha quedado otra. Puedo empezar hablando del tráfico. ¿Cómo alguien soporta manejar en esta ciudad? Cuando la gente me pregunta cómo es posible que hasta el día de hoy yo no tenga brevete, ni siquiera tengo que responderles; simplemente señalo la ventana que tenga más cerca y les digo: “A estas alturas, ¿tú crees que me provoca tenerlo?” Es imposible, así de simple. Es una ciudad, dentro de todo, pequeña. Las distancias no deberían de tomar mucho tiempo en ser recorridas, sin embargo, son horas de tráfico que hay que sobrevivir. Gente que maneja pésimo, carros que uno tiene que esquivar como si fuera un pinball, carcochas que se desarman y deberían estar vetadas por el Ministerio de Transporte; nadie avanza JAMÁS cuando hay luz verde, pero sin embargo, todos se terminan pasando la luz roja. Canaval y Moreyra a las seis y media de la tarde es insoportable sin un ansiolítico tomado a las cinco, pero eso hace imposible manejar, entonces tienes que esperar hasta las ocho que te baje el efecto y crees que el tráfico se relaja, pero no eso pasa tampoco. Javier Prado parece procesión de la Virgen de Chapi, y salir del centro de Lima (si por alguna extraña razón están ahí) es un mito urbano.
Lo peor de todo es que las calles siguen rotas (¿todavía quedan cumbres diplomáticas por realizarse?), hay desvíos que nos mandan por circuitos desconocidos y las horas punta son cada vez más largas. Además, ver cómo la gente se sube en micros donde no entra nadie más, es un escándalo. Una viejita colgada de la ventana, una niña en la parrilla del bus, y un cobrador que se da piruetas mismo Nadia Comaneci para moverse dentro del pinche vehículo. Y hoy en día hay hasta tráfico los sábados. ¡Sábados! Hace unos cuatro o cinco años eso era casi inverosímil.
Pero no sólo la aglomeración vehicular es un parto, sino también la peatonal y particular. Parece que todo el mundo quedara de acuerdo en hacer lo mismo un determinado día. Tú te despiertas un fin de semana y dices: hoy me provoca almorzar en, por ejemplo, T’anta. Pero parece que a todo Chacarilla también le provocó, entonces te jodiste, porque la chica de la entrada te va a recibir con una sonrisa y la cómica noticia que tendrás que esperar de 30 a 40 minutos para una mesa. Las mesas cada vez están más juntas, y tu conversación termina siendo algo menos que privada (cosa que para mis espionajes urbanos me cae regio, eso sí). Si por algún motivo decides ir al Jockey Plaza, tus horas están contadas. Es como cuando éramos niños y jugábamos a ver quién soportaba más tiempo debajo del agua, sólo que ahora no es un juego y el agua es reemplazada por un mar humano. Compras un par de zapatos y gritas: ¡YA! ¡Me voy! Game Over. Y sin contar a la gente que va a realmente comprar algo, tenemos a las bandadas de seres que van a pasar el día o pasearse por ahí. ¿Por qué harían eso? Ya ni siquiera es bonito. Y no me hagan empezar con el tema de las compras navideñas, porque me pongo hostil.
En lugares como Larcomar provoca renombrar el local y gritar “¡Largo, al mar!, pero uno se contiene. Podemos poner caras, pero al final el estrés es mayor y no ganamos nada. Claro que también contamos con el estrés que significa ir a un lugar cerrado, a diferencia de un centro comercial. Decidir salir en la noche a tomar un trago o de parranda a donde sea, sólo supone más crisis en nuestra cotidianeidad. Nunca hay mesas suficientes para la cantidad de gente que llega, el calor es (literal) infernal y te da miedo prender un cigarro porque es casi imposible no quemar a alguien (si no te quema alguien antes). Y como en Lima la novedad es imán, basta que se inaugure un local para que estar dentro, por más que estés pegado contra la barra y clavándote una copa de Hipnotini en la ciática, signifique pasarla REGIO y haber tenido una juergasa. Felicitaciones a los clichés limeños por ese poder de mentalización tan enérgico. ¿Mientras más reviente un sitio es mejor? Hmmm. Ir o no ir, esa es la cuestión. La popularidad de un local es inversamente proporcional a la comodidad que signifique estar dentro.
Luego tenemos los lugares donde tenemos que asistir por necesidad. Los bancos, por ejemplo, tienen un sistema de tickets que nadie entiende. La pantalla dice C45, tu ticket es E178, pero están atendiendo al T84. ¡¿AH?! Uno se sienta en sus mortales banquillas, esperando que el siguiente “tu-ru-rín” que suene sea, por favor, nuestro número. Y si decides ir en quincena o a fin de mes, Dios te ampare, hijo mío.
Seguido se encuentran los supermercados. ¿Acaso TODAS las personas deciden hacer compras el mismo día? Incluso cuando decimos “hoy no creo que haya mucha gente”, el local explota. Los carritos de compras se convierten en carritos chocones, la gente se te cruza en el camino como si los espacios entre anaqueles fuesen leguas de distancia, y han diseñado unos carritos gigantes (literal carrito-timón-llanta) donde entran los niños y hacen tortuoso tu día de compras. Por supuesto que las cajas (de cada diez funcionan dos) tienen colas insufribles, cajeras que no entienden tus pedidos y maquinas que no leen tu tarjeta.
Y finalmente, hasta los lugares donde uno va a relajarse y pasarla bien, resultan siendo un desastre, cumpliendo a veces todo lo contrario de la razón por la cual vinimos en primer lugar. Por ejemplo, estoy escribiendo todo esto sentando en Starbucks (tomando un Dark Cherry Mocha, regio; pero viendo a una gordilla mortífera chupando la tapa de su lapicero sentada frente a su amiga aún más mortal que ella, la cual está oliendo la tapa de su botella de Té Tazo), pero mientras esperaba mi café, sólo había una mesa disponible en la terraza, lo que me ponía en una lucha contra el tiempo, no sabiendo si sería más conveniente dejar mi café aventado por los suelos o apoderarme del único lugar donde podía cómodamente sentarme, no morirme de calor, prender un cigarro y conectar mi fucking computadora. Al final hice todo, sí, pero no puedo decir que fue relajante y confortable como supuse lo sería mi tarde, por lo menos al comienzo.
Es así como puedo determinar lo estresante que es vivir en una ciudad como Lima. Ojo, no lo tildo como desagradable, aburrido o tóxico (a veces, no más), pero sí es agotador y agobiante. ¿Le estamos exigiendo a Lima más de lo que puede darnos? ¿Estamos exprimiendo el limón cuando sólo quedan pepas y cáscara? ¿O es que somos nosotros los que no sabemos organizarnos como sociedad? Difícil de determinar. Lo único que puedo dejar claro y que admito a veces me da pena, es que todas estas cosas nos (me incluyo, para catalogar también como personal al asunto) ponen de malos humores y nos obligan a hacer hígado cuando no necesariamente queramos hacerlo. Uno (ahora sí hablo de mí) trata de ser regio, educado, correcto, buena gente y fabuloso, pero es tan difícil conseguir esto en una ciudad que lo único que hace es empujarte a lo contrario.

4 comments:

Luciano said...

Diablos, tienes razón en todo.

Extrañaba leerte! Q bueno q retomaste tus posts ;)

P.S. Un éxito la "gordilla mortífera" jajajaja

Anonymous said...

me encanto lo de "lago al mar" jajaja

Anonymous said...

lago al mar?

Anonymous said...

Tu descripción es incomparable, cómo estar en Nueva York