Monday, August 20, 2007

15.08.07

Inesperados rayos de sol alumbraban el cielo un común miércoles de agosto. Me vestí tontamente con un polo negro de manga larga con el dibujo de un libélula roja en el medio (suena raro, lo sé, pero es RAGIO). Un sweatshirt rojo con cierre (subido hasta la parte final de la libélula, claro) completaba la parte superior de mi atuendo, finalizado con un perfecto jean y zapatillas negras. Aún viviendo mis inexplicablemente largas vacaciones, salí de mi casa en dirección a San Isidro a la casa de mi amigo Gianmarco (NO, no es el cantante), donde almorzaría. Con lentes oscuros gigantes y mi iPod en mano, caminé y me subí en un taxi rumbo a Pezet.
El resto del día de desarrolló normal: almorcé, mucho (Gianmarco, como buen italiano, come pasta como entrada, la baja con vino para luego comer carnes diversas como plato principal, pan, y una amplia gama de postres. Cada vez que almuerzo en su casa tengo que ir en ayunas mismo análisis en Roe), hicimos algunas compras en Dasso y charlamos. De vuelta en su casa yo me encontraba en la computadora, haciendo NADA trascendente. Era uno de esos días de los cuales uno no espera dar ni recibir nada.
Aproximadamente a las 6:40 p.m., sentí una ligera vibración en la mesa donde me encontraba. Miré el monitor, el cual vi balancéandose suavemente, seguido de un sonido tenue de retumbe. Volteé la cara y le dije a Gianmarco, quién se encontraba viendo televisión a dos metros de mi sitio: "¿Temblor?" "No, debe haber alguien en el baño", me respondió. Mi cara cambió instantáneamente a consternación y le dije: "A menos que haya alguien en tu familia que cague granadas, esto es temblor". Antes que él me pudiese responder, la tembladera se hizo más fuerte, cosa que hizo que yo me parase de mi sitio y que él correriese a una velocidad radioactiva hacia la puerta de su departamento. Admito que hasta hace unos cuantos años, yo entraba en crisis histéricas ante cualquier tipo de movimiento telúrico, cosa que cambió luego, no sé por qué; dejándome con la habilidad de permanecer calmado en este tipo de situaciones. Me prendí rápidamente de mi celular y corrí al hall del departamento, donde yo escuchaba a Gianmarco gritarle a sus empleadas y a su hermana, las cuales parecían estar paralizadas. Quise hablar e infundir algo de calma a mis compañeros de sismo, pero me vi callado por sonidos de vidrios rompiéndose. Inicialmente pensé que eran las ventanas del edificio, por lo que me agaché misma balacera de Duro de Matar I y II (y IV,... y V; VI también ha salido creo), pero luego me di cuenta de que se trataba de las botellas del bar, las cuales se caían y reventaban en el piso ante mi shock ("El gin, los vodkas, el vino, ¡NOOOO!"). Bajamos rápidamente a la calle, yo sufriendo porque aún no había terminado de digerir el almuerzo babasónico que me habían invitado. No nos demoramos en bajar (por suerte nos encontrábamos en el segundo piso), y al llegar a la calle fue cuando vi la magnitud de las cosas. Los postes, semáforos y carteles indicadores de calle se movían al unísono, bailaban el Aserejé, como si una fuerza invisible los estuviese agarrando a cachetadas. El piso vibraba en mis pies, y las ventanas enteras del edificio del cual acababa de salir resonaban con tal fuerza que yo estaba esperando el momento en el que me explotaran encima. Traté de ubicar mi mirada en algún objeto, pero no podía; mi visión de las cosas era total. Todo se movía y sonaba. Miré los altos edificios que rodean el Golf de San Isidro y vi cómo las luces se apagaban y se volvían a encender como efecto dominó. En ese momento volteé para ver a través del muro de plantas que rodea el Club del Golf, donde pude apreciar la verde y enorme cancha de golf, cuya superficie se balanceaba entre luces y sombras. Al ver tambalearse los postes de luz de la cancha grité: "¡No, Dios! ¡El Golf NOOO!" Cuando quise ver nuevamente a mis compañeros de desgracia (Gianmarco seguía gritándole a su hermana por pararse al costado de un hueco en el piso, causa de la construcción vecina), escuché a mi traumatizado amigo gritar "¡Mira!"; lo hice, y no podía creer lo que veía. El cielo se iluminaba con rayos y relámpagos, cosa que yo jamás había visto en Lima. En ese momento toda la calma que pude haber tenido se evaporó. Sin tener nada coherente en la mente, sólo atiné a gritar: "¡Es el juicio final! ¡Los jinetes del Apocalipsis!" Parecía una mala jugada del destino. Yo estaba convencido de que ángeles con espadas de fuego bajarían de los cielos dispuestos a hacer justicia. Y NO paraba. Eso era una de las cosas que más me sorprendía. Por unos segundos más, los cuales parecieron horas, el mundo siguió temblando. Las cosas poco a poco se calmaron, y así como empezó, el terremoto había terminado.
Cuando todo había parado de zamaquearse, obviamente ningún celular funcionaba, los teléfonos de la casa habían muerto y yo sólo podía pensar en dónde demonios había dejado mi sweatshirt, porque había salido a la calle sin él y me estaba cagando de frío. Retomé mi conexión computarizada, imaginando que ese sería el único medio de comunicación durante varias horas. Hablé con todo el mundo tratando de preguntarles cómo estaban y dónde, mientras prendíamos los televisores para ver las noticias y daños que este cuasi cataclismo había ocasionado. No pude ni siquiera tomar un taxi para regresar a mi casa. El tráfico era insufrible y no había transporte disponible. Al final tuve que regresar a la una y pico de la mañana; obviamente, no pude dormir hasta las cuatro. Y para colmo, desde aquel entonces, los días han estado llenos de las malditas "réplicas" que ya se han vuelto costumbre últimamente. Pero bueno, con la seriedad que este tema requiere, debo decir que me alegra y sorprende ver lo rápido que la gente se ha puesto las pilas con el tema. Mucha gente no se da cuenta de que mientras para ellos desgracias como ésta sólo significan una historia para contar, una anécdota emocionante, para otros es un motivo de superviviencia. Es hora de ver cómo demonios hacen para salir de esto. Si contamos la historia, que no sea sólo para indicar qué fue lo que nos pasó, sino también para estar orgullosos de que no nos quedamos de brazos cruzados. En mi casa se rompieron cinco copas de cristal. Ayer vi un reportaje de una señora que perdió a sus cinco hijos en Pisco. Ayudemos, ¿ya?

[PD: Para los infectos que se lo están preguntando, yo YA estoy colaborando.]

4 comments:

Anonymous said...

jajaaaa RAFAAAA creo que tu causaste el terremoto

Anonymous said...

UN EXITO.

Mercedes said...

Una experiencia sin igual.

Christian:. said...

A mi me agarró en un piso 11, y si, la webada bailaba samacueca sola. Una tía histerica gritaba que no entremos en pánico, me soplé el terremoto en ese piso maldito como a 30 o 40 metros sobre el precioso suelo anda firme en ese momento (todo lo que a uno le pasa dictando particulares). y sí, yo quise meterme a un techo para mi país, perot rabajo sábados asi que no pude, pero si mandé cosas... Yo escribi sobre lo mismo, pero de una forma distinta y para nada realista, creo que eso es lo caracteristico de mi Blog; espero leas el comentario, me gusto el post.