Sunday, May 10, 2009

SAP

Escribo esta carta debido a una discusión que se ha visto repetida en mi acontecer social durante estos últimos años. Considero al cine una de las mejores opciones para pasar el rato, compartir un momento con amigos, entretenerse, divertirse con la familia, etc.; y es precisamente por eso que una ida al cine debería ser agradable para todos los que tengan en mente realizarla. Hoy en día, la industria cinematográfica es enorme, y nos brinda una gran gama de películas de diversos géneros y duraciones, cosa que nos permite realmente encontrar opciones muy entretenidas y acordes con nuestros gustos culturales.
En la última década, la piratería ha sido una amenaza constante para la industria del cine, habiendo bajado tremendamente el índice de asistentes a éste, y quedando claramente demostrado con el cierre de la cadena de alquiler de videos, Blockbuster, en todo el Perú. Es por eso muy importante que apoyemos a esta cruzada asistiendo al cine, y no reemplazando esta actividad con la compra de películas pirata, sobre todo las que están en esos momentos en cartelera. Pero ahora bien, las empresas de los distintos cines deberían colaborar con hacer más fácil esta elección, no sólo mostrando comerciales anti-piratería en las salas de cine antes que empiecen las películas que vayamos a ver, sino evitando que la gente no desee ver una determinada película en el cine.
Y es este tema precisamente el que pretendo exponer con esta carta: El doblaje de las películas extranjeras. De la gran cantidad de películas que se estrenan en otros países, tenemos la suerte de poder ver en nuestro país la mayoría de ellas. El problema, y se ha acentuado en los últimos años, es que a veces muchas de las películas que llegan han sido dobladas al español, sin tener la opción de ver la misma subtitulada. Si bien es cierto que muchas películas se presentan con las dos opciones, hay una gran suma de ellas que sólo se encuentran dobladas. Consideremos que esto lo sé gracias a que he llamado numerosas veces a distintos cines a preguntar si tienen opciones subtituladas para diversas películas, siendo la respuesta una rotunda negativa.
Ante el argumento que diría que las películas dobladas son las de género infantil o familiar, diré lo siguiente: La industria cinematográfica actual, busca crear filmes que puedan ser apreciados y disfrutados por un amplio público, de modo que las historias, situaciones y personajes de éstas, poseen una versatilidad que les permite ser de agrado para quien sea que quiera verlas. En segundo lugar, las películas actuales de dibujos animados, tienen como valor agregado el contar con las voces de reconocidos y estupendos actores para darles vida a los distintos personajes de las originales historias. Actores que han sido elegidos específicamente para representar a un determinado personaje, por contar con el tono de voz adecuado o incluso por haber influido en la apariencia de los mismos.
Ante otro argumento, el cual indica que el Perú es un país hispanohablante y que es correcto y adecuado doblar las películas, diré lo siguiente: No propondría jamás la opción de traer películas sin subtítulos, ya que es totalmente tirado de los pelos, como tampoco puedo exigirle a un niño de seis años que vaya al cine a leer los subtítulos de una película, por lo que me parece bien que en esos casos se presente la opción del doblaje. El problema cae precisamente cuando las películas llegan sólo dobladas. La opción de una película doblada es coherente, justa, correcta y legal. Pero esto no es motivo para cortar las otras posibilidades. Es hasta risible, considerando que subtitular una película es un proceso mucho más económico que doblarla.
Una película doblada pierde fluidez, naturalidad, emoción, impacto y sentimiento. Y para los que realmente disfrutamos el cine, sabemos que ver una película no es simplemente seguir una trama hasta que ésta se desenvuelva, sino que hay una combinación de elementos que brindan un orden perfecto al producto cinematográfico que es precisamente lo que al final nos permite haber disfrutado la película. Y al eliminar uno de esos elementos, el diálogo original, la película no logrará jamás tener el mismo efecto en su público. Lo que se transmitirá con esa película sólo será una versión incompleta de la idea que tuvieron los productores y creadores al inventar la historia plasmada luego en la pantalla.
Como mencioné al inicio, este tema ha salido a relucir muchas veces en distintas discusiones sociales con mis amigos y conocidos, llegando siempre todos a un mismo acuerdo. En los dos últimos años, han estado en cartelera muchas películas las cuales no he ido a ver por el simple motivo de no contar con una versión subtitulada. La solución: ¿comprar el DVD pirata que nos brinda la opción de elegir nosotros mismos el idioma? Espero que no. Hagamos algo al respecto. Defendamos la originalidad. Además, ¿a quién no le conviene poder usar el cine como ayuda para aprender otro idioma? Dos pájaros, un tiro.

RUF.

Wednesday, April 08, 2009

Crollywood wrote on your Wall:

Yo soy muchas cosas. Antes de que rueden los adjetivos fulminantes, destaco que una de estas tantas cosas que soy, es un comunicador. Publicista, para ser exacto, pero comunicador either way. Y es precisamente por eso que tengo que saber qué es la comunicación y cómo se manifiesta. Y para no entrar en floros aburridísimos de emisor – receptor, adelanto que lo que quiero hablar ahora es de la comunicación entre dos o más sujetos que se retroalimentan mutuamente creando una discusión o conversación. Claro que estamos hablando de un sistema que data de miles de años atrás. En la época greco-romana, las cartas se escribían con tinta en hojas de papiro que se enrollaban y ataban con cordones; consideren que el primer sistema postal bien documentado es el romano. Fue organizado en su tiempo por César Augusto (62 a.C. aprox.) y era llamado cursus publicus. Se dice que puede haber sido también el primer servicio postal verdadero (cómete tus calzones, Serpost). Luego pasaron los siglos sin mucha evolución en el rubro comunicacional, hasta 1833, cuando los alemanes Gauss y Weber instalaron una línea telegráfica de 1000 metros sobre los tejados de Göttingen (pequeño pueblito alemán donde trabajaban), creando un alfabeto especial para comunicarse y luego de algunos retoques técnicos, el telégrafo. Medio siglo después, Alexander Graham Bell y Antonio Meucci inventan el teléfono, el cual revoluciona al mundo hasta convertirse en lo que hoy tenemos todos en los bolsillos o carteras (ya sea en vibración o con sonido).
Luego apareció el popular monstruo de Internet, y con él todos los nuevos medios de comunicación que hoy conocemos: foros, blogs, chats, messenger y el protagonista de este post: Facebook.
¿Qué carajos con Facebook? Es el tercer brazo de todas las personas. Es el que sabe los chismes, el que tiene las fotos, el que sabe quién está con quién, el que cambia de look a cada rato, el que pasa los mensajitos, el que te ayuda a espiar a los demás sin que nadie se dé cuenta. Si no fuera virtual, diría que Facebook es un amigo gay.
Y lo gracioso es que ya no es algo pensado, que requiera meditación o que se te ocurra al sentarte en una computadora. Es inercia, pura y mecánica. Prendes la computadora, chequeas tu mail, te conectas al Messenger, te metes a Facebook. Así no hagas nada. Así no subas fotos. Así no escribas huevadas en el wall de nadie. Te metes y miras tu fucking profile por horas sin que nada en la realidad varíe. Y con los dos años y pico que tiene Facebook rondando, ya se ha formado hasta una suerte de “cultura Facebook”. Reglas y suposiciones que hemos ido asimilando y por alguna bizarra razón a nadie le parecen extrañas. Para todos es algo normal y nos parece raro encontrarnos con alguien (que pertenezca a una generación para la cual las computadoras NO son el anticristo, obvio) y que éste no tenga Facebook. Son bastantes los elementos que esta página web nos ha ido enseñando, y bastantes también las maneras que tenemos para utilizarlos. Por ejemplo:
La foto principal tiene que ser regia, obvio. No podemos poner la que salimos con las ojeras gigantes en la fiesta de Fulanita, o ese mal ángulo en la terraza de playa de Sutano que hace que un rollo rebelde arruine la dieta que desde octubre vine haciendo. Creamos también álbumes para hacer eternos los momentos divertidos y permitir que nuestros amigos y sus amistades (siempre y cuando activemos la opción que lo permita) puedan morirse de envidia cuando tengan claro que nos divertimos más y mejor que ellos. Colocamos efectos en las fotos para hacer menos monótono el sistema, un nombre creativo para el álbum y listo: El mundo ya puede apreciarme a mí y a mis fabulosos amigos. Claro que contamos también con el hoy conocido TAG. Una maldición o bendición, dependiendo de quién venga. Siempre está el desubicado que te “taggea” en una foto donde sales mortal, rodando por las esquinas, con varias copas encima, mientras él y su primita REGIOS en el centro de la foto. De ahí tienes que estar untagging todas las fotos que encuentres en el álbum, rogando que nadie que te interese las haya visto antes.
Facebook es también un flash informativo. Sandra is now listed as SINGLE. Bueno, querida Sandra, que Lima en su totalidad se entere de que tu relación acaba de verse completamente desintegrada. Personalmente, yo no entiendo el afán de hacer TAN público todo lo que le pasa a uno. Pero hay mucha gente que escribe su día a día en Facebook. Si salió a caminar, si está en la oficina, si está en la casa de su novio, si vio tal película, etc. Por Dios, poco les falta publicar su pasado sexual. Pero a pesar de todo, siempre hay una novedad en FB: Carlo es ahora amigo de Fiorella, Pedro se hizo fan de Caballeros del Zodiaco, Andrea likes your status, No sé quién te invita a jugar Texas Hold’em Poker, Chuchumeca comentó “ay ay ay no te creoooo esa fotooo jaja de cuando esss jajaja ay siii jajaja” en la foto de Iván, etc. Es un bombardeo de información; el Pearl Harbor de la web. Y como cada vez más gente aparece en FB, no nos queda otra más que depurar la cantidad abismal de data que nos brinda esta comunidad electrónica.
El rol que juega FB (sí, como se habrán dado cuenta, en adelante escribiré sólo las siglas, ya que me da flojera) es muy importante ya que es una especie de hoja de vida virtual. Cómo nos sentimos ese día se muestra en el status, nuestros últimos eventos se muestran en las fotos, qué canciones nos gustan, qué libros leemos, qué películas hemos visto, podemos hasta poner nuestros “Political Views” (que personalmente me parece una vil cojudez; a quién carajo le importa saber si soy centro derechista liberal algo conservador con pequeñas pizcas de demócrata) y nuestra visión religiosa (“Hola, creo en Brahamandrah, un dios compartido por sólo cinco personas aparte de mí en el planeta. Tiene doce brazos e inventó el humectante”). Pero digamos que todo lo que queramos se sepa de nosotros (o SÓLO lo que queramos, claro), puede estar en FB.
Considerando su antepasado, el nunca tan popular y hoy cholísimo Hi5 (perdón por la crudeza, pero es súper cierto, pues; la gente que sigue usando Hi5 es de TERROR), es impresionante ver la acogida y facilidad con la que FB ha entrado en la sociedad, peruana y mundial. El problema que surge ahora es: OK. Tengo Facebook. Ahora bien, ¿para qué lo uso? ¿Cuál es el objetivo de tener un perfil en la paginita ésta? Me encantaría ser la Pitonisa del Oráculo de Delfos y poder darles la respuesta precisa a esta interrogante (aunque creo que lo único que hacía la perra era dar acertijos confusos a los exploradores griegos; cero que daba soluciones), pero no hay una sola. Un primer grupo tiene FB porque siente que tiene que tenerlo. Lo crean, ponen cuatro fotos locas y se olvidan del tema. Luego hay un segundo grupo, los Facebookholics. Estos hacen del FB su cotidiano vivir: cuelgan fotos interdiario, comentan en todas las fotos ajenas, cambian su status como de calzón, juegan todos los jueguitos estúpidos que tiene FB y en los momentos que están fuera de la computadora, suelen hablar también de FB y algo que vieron ese día en la página. Un tercer grupo, en mi opinión el peor, cree que FB es su espacio mágico en la web para hacer amiguitos. La gracia de FB es poder estar al día con TUS amigos, ver en qué andan, cómo están, dónde se han ido, con quién están parando, qué se pusieron (chicas, las cuñas están siendo detectadas, sólo les digo eso), etc. Pero en fin, son tus amigos. Y a la vez, si armas tu perfil de modo simpático, es para que ellos puedan apreciarlo y saber, viceversa, cómo te va a ti. Pero hacer rondas en FB, buscando perfil tras perfil para agregar gente que NO conoces, escapa de mi criterio lógico. No puedo decir que han sido pocas las veces que me ha llegado un mail del tipo: Silvia Condori Alvarado has added you as a friend on Facebook. Acto seguido, entro a mi FB a ver quién es, preguntándome de dónde conoceré a esta muchacha. ¿Será una de las duendecillas que estudiaba derecho conmigo en la PUCP y cree que eso la hace mi amiga? ¿Será la amiga de alguien que conocí pero no me acuerdo de su cara? (el nombre me da pistas de que puede ser así) Pues no. Amigos en común = 0 (CERO) (Obvio). Entonces tengo que entrar a revisar el perfil de esta muchacha misteriosa. Leo un par de cosas (entro en shock con varias), reviso fotos diversas y obtengo las siguientes conclusiones: 1. No la conozco, me queda claro. 2. No la conoceré, me queda más claro aún. 3. Debido a las varias fotos que vi (la mayoría de Vento Perú), las cuales protagonizaba una chica vedettona de rulos pintados color caramelo acompañada de sus amigos, por lo visto compradores estrella de John Holden, determino que esta chica y yo no sólo no tenemos amigos en común; no tenemos NADA en común. Ergo, ¿por qué habría ella de agregarme? Enigma. Presiono ipso facto el botón “Ignore” y me olvido así de la existencia de Silvia. ADVERTENCIA: Hay veces que no sólo te agregan al FB, sino que te mandan un mensaje en conjunto con la invitación, indicando que pareces una persona “súper chévere” y “un xico muy lindo” (Nota de RUF: Sí, “xico”. Es “chico”, en mortífero) y que creen que “pueden ser buenos amigos”. No creo, reina. Por varios y diferentes motivos, no creo.
Finalmente, el cuarto grupo. Valga decir que el tercer y cuarto grupo no excluyen la pertenencia a cualquiera de los dos primeros, lo que cambia es el uso que se le da al FB de cada uno. Pero en fin, el cuatro grupo usa el FB para el primitivo y humano “booty call”. Aprovechar la privacidad de los mensajitos para asegurarse acuerdos cochinones y concretar actos prohibidos. Lo más gracioso es cuando esta gente se crea perfiles falsos para hacer más "discreta" su investigación. Por favor, es patético. Aunque es justo decir que también existen los románticos, que de algún modo u otro, logran hacer de FB una suerte de Cupido virtual.
Pero bueno, la realidad es ésa. Facebook es un nuevo medio comunicativo, informativo, seductivo, divertido, pretencioso, natural, falsísimo, original y moderno que sirve para demostrarle al mundo que realmente existes. Lo que depende de ti es mostrar qué tan fabulosa o trashy es esa existencia. Love me, hate me.
xoxo

Sunday, February 08, 2009

Pecado Capital: Avaricia

"Money, money, money,
must be funny,
In the rich man's world
Money, money, money
Always sunny,
In the rich man's world
Aha-ahaaa
All the things I could do
If I had a little money...

It's a rich man's world"

ABBA - Money, Money, Money

Después de haber dejado a mis queridísimos pecado capitales de lado por mucho tiempo, considero adecuado retomar con el penúltimo de ellos y poder así casi cerrar ese bloque de posts que siempre me ha gustado tanto.
Presento entonces al pecado capital de la avaricia. La avaricia o codicia se define como el deseo incontrolado de posesión de bienes materiales e inmateriales que pertenezcan o no a otros. Es básicamente el hecho de querer tenerlo todo, o cada vez más y más. Pero cuando pensamos en la avaricia como término, tenemos que admitir que hay dos formas de expresarla. Al igual que cuando escribí sobre la envidia y la dividí en dos tipos (¿Por qué tienes? y ¿Por qué eres?), la avaricia funciona entonces del mismo modo. Por un lado estamos hablando del hecho de tener un afán desmesurado por poseer cosas o dinero, y por otro, nos referimos a la mera y simple tacañería, la cual a fin de cuentas, es mucho más divertida que la codicia en sí. En este caso analizamos el hecho de no querer gastar más que lo mínimo y necesario y de ser posible, no prestar, regalar e/o invitar absolutamente NADA.
Por eso vamos a analizar ambos:
1. La Avara Avaricia:
La avara avaricia la vemos por lo general en personas egoístas y un poquito locas. Esa gente que tiene mucha pero mucha plata y el único objetivo en su vida es, bueno… tener más plata. Se compran un carro nuevo porque ya se aburrieron del que tienen y creen que tienen derecho a pedir y exigir lo que les venga en gana. Es como el caso de la chibola platuda que cuando cumple 18 le regalan una Mistubishi Montero y lo único que hace al verla es decir: “Pero yo quería una Tuareg”. O en el mejor de los casos: “¿No había en rojo?” Parece chocante, pero estas cosas pasan; yo he escuchado un par de historias por el estilo.
Claro que hay expresiones más leves dentro del mismo rubro, como comprar ropa que no te vas a poner, comida cara que no piensas comer pero quieres tenerla en tu casa, o ganar en el casino y seguir jugando lo ganado para tener más y más (claro que eso junto con la avaricia bordea la ludopatía, la cual a pesar de no ser un pecado capital podré analizar también algún otro día. Pero, actualmente, no es el momento. Una patología loca a la vez, por favor). Digamos que la avara avaricia es, más que nada, una obsesión: el vicio adictivo de tener cada vez más cosas, teniendo en cuenta que probablemente, nunca estemos satisfechos.
2. La Tacaña Avaricia:
La tacaña avaricia es la más típica y clara expresión de este pecado capital. Quizá no esté incluida dentro de la definición oficial del término, pero es claro que es una actitud que forma parte del mismo. Además es divertido porque de un modo u otro, todos terminamos cayendo en este tipo de avaricia y tenemos formas muy originales y graciosas para expresar nuestro sentimiento de no querer gastar mucha plata.
En primer lugar, podemos analizar el engrosamiento de pequeñas cantidades. Es decir, cuando nos quejamos, gritamos y/o puteamos por una cantidad intrascendente que no hará mayor diferencia al final. Cuando subimos a un taxi y decimos:
“Hola, hasta la cuadra narunaru de la Av. Frunifruni”
“Seis soles”
“¿Seis? ¿SEIS? ¡Ayer me han cobrado cinco! ¡Esto no puede ser, qué robo!”
“Ya, cinco cincuenta, pé.”
“Asu ya, sólo porque estoy apurado”
Lo peor de todo es que nadie puede negar que esto realmente sucede. Igual pasa con el famoso y controversial IGV. Ese condenado y poco sutil 19% extra a cualquier compra que realicemos, ya sea al comprar zapatos mortíferos en Payless (cosa que no hago JAMÁS ni haré NUNCA, pero quería mostrar la amplitud del espectro), la torta fabulosa de trufa de La Crocante, un fucking choclo en Vivanda o un vinifile en Pharmax (no sé por qué, pero TODOS han comprado alguna vez un vinifile en Pharmax), siempre estará ahí, invisible pero palpable, creando problemas. Por ejemplo, te vas a comer a La 73 con dos amigos. Llega la cuenta, y considerando lo que han comido, cada uno ha gastado aproximadamente 60 soles. Revisan la cuenta y los precios y empiezan: “¿Oye, pero esto incluye IGV?” “Mejor hay que pedir la carta para chequear” “Sí, yo ni cagando he gastado tanto” “Máximo deberían ser 150 soles. Máximo” “¿Quién pidió un café? No me acuerdo de ningún café. ¿Por qué lo están cobrando?” “¿Qué carajo es Lim.Fro.Gr. y por qué cuesta 9 soles?” etc, etc, etc. Siempre hay un por qué y una queja de por medio. La repartición de la cuenta es un momento muy divertido, y mi consejo es siempre dejar esta labor en manos de alguien práctico y de rápida velocidad numérica mental. De lo contario se arma un fandango de cuatro pericotas locas chillando porque les indigna que falten 6 soles cuando todos ya han puesto su parte y nadie sabe dónde está esa plata restante.
Luego tenemos la necedad tacaña, en la cual no nos damos cuenta de lo que estamos gastando y nos indignamos cuando vemos el resultado final. Este caso es fácil de apreciar en supermercados o tiendas de departamento como Saga o Ripley. Estamos en la cola de la caja y la señora al frente nuestro está pagando su serie de productos. La cajera levanta su repetitiva mirada y le dice robóticamente:
Son 560 soles.”
“¿Perdón?” – interroga confundida la clienta.
560 soles, señora” – reitera la ya ofuscada cajera (y con cejas mal pintadas con cosméticos Meribelle).
Imposible hijita. Mira lo que he comprado, pues. Cómo van a ser 500 y pico soles. Te has equivocado.” - dice incrédula la mujer.
Señora, la caja no se equivoca” – le voltea el visor para que la mujer chequee el total. “Son 560 soles.”
Ay, no te puedo creer, qué horror. Es que todo está carísimo pues, cómo se me ocurre venir acá.” – en estos momentos, la mujer me mira mientras le entrega la tarjeta de crédito (plateada no más) a la cajera, se voltea y me dice con una sonrisa cómplice: “Una compra cuatro cositas y termina pagando una millonada. Habrase visto.” Yo sólo arqueo una ceja y le dejo clarísimo que no estoy de acuerdo con ella.
Bueno señora, pienso yo, porque si se lo digo probablemente salga disparada como prostituta en redada, si usted decide comprar 60 latas de leche, la reserva entera de pollo y carne molida de Wong, sendos licores y diversos accesorios para el hogar, no espere pagar con sencillo, así de simple.
Y ya que estamos en este tema del supermercado, TENGO que comentar esto. A mí me parece un horror la tacañería de algunas personas cuando después de pagar en la caja y la cajera le dice: “Señor, ¿desea donar cuatro céntimos a la Fundación Ayudemos a los Niños Que Sólo Comen Cerevita?”, el hombre le grita un rotundo: “¡NO!”. Increíble. Es para decir WHAAAT? ¿Acaso esos cuatro céntimos van a ir a un enorme frasco al fondo de su clóset el cual luego de estar lleno será cambiado por nuevos billetes que servirán para comprar muchas joyas y zapatos de cocodrilo? ¡No! Van a estar en el fondo de su billetera hasta que diga días después “¿Por qué coño tengo estas moneduchas que no sirven para nada?” y las boten sin más. Señor, los niños quieren comer otra cosa que no sea Cerevita. Ayude, carajo.
Podríamos seguir mencionando más tipos de tacañas avaricias, como la cultura de lo gratis (si es gratis, coge todo lo que puedas, y más), la chequeada para ver cuánto coges si te invitan algo (no te quitan la mirada hasta que devuelvas el vaso, el cigarro, el chocolate, el sándwich, etc.), el escándalo por la pérdida de monedillas (“¡Se me han caído dos soles! Nadie se mueva y ayúdenme a buscarlos”), no echarle gasolina al carro hasta que el tanque de reserva esté pidiendo auxilio, sólo ir al cine los martes (SÓLO martes; no pueden ni considerar ir otro día), cortar un pedazo chiqutititititito cuando invitas algo, reclamarte pagos de hace semanas que NO deberían ser reclamados (“Oye, te acuerdas que hace como tres semanas te presté siete soles para que te compres un café? ¿Bueno, los tienes?”), etc.
Así que nuevamente podemos apreciar que tenemos OTRO pecado capital que ronda en nuestras vidas de un modo aún más presente de lo que nos damos cuenta. Y sólo nos queda un pecado to go, así que espero pronto poder escribirlo, ya que se trata de uno de mis favoritos. Mientras tanto, queridos... ya saben, cuidado con lo que gastan. Como dicen por ahí: cuiden sus centavos, que los billetes se cuidan solos.

Friday, January 09, 2009

My Junk

Feliz año, cibernautas. Nuevo año, nuevas resoluciones, nueva actitud, nueva ropa, nueva oportunidad para empezar otra vez, intentando no cometer los errores que nos arruinaron el año anterior. Eso es lo divertido de los años nuevos: no sólo suele haber una fiesta a todo dar (mortal decir “a todo dar”, es casi tan anticuado como “macanudo”) para recibirlo, sino que empezar el siguiente es como escoger New Game en un videojuego. Pero esto no sucede solo. Hay un cierto ritual que tenemos que seguir para considerar que realmente estamos dando inicio a un nuevo año y a un nuevo estilo de vida. La mayoría de nosotros intenta renovarse y reinventarse (por lo menos yo; y si no lo hacen, deberían), lo que significa eliminar cosas viejas y antiguas de nuestras vidas (físicas y emocionales) para hacerle espacio a las nuevas que eventualmente llegarán. Pero luego de una pequeña introspección de mi persona y revisión de mi cuarto, no pude evitar darme cuenta que dentro de mis procesos reinventivos año a año, yo había aplastado muchas de las cosas viejas con las nuevas, no haciéndoles exactamente el espacio requerido. Fue entonces cuando aproveché una de las primeras tardes de mi verano para ordenar mi cuarto, mi ropa, mis ideas, y mi vida, por qué negarlo.
Primero observé el mueble con mi vieja computadora. Pobre ella. Desde la llegada de mi laptop este año la había dejado tremendamente de lado, y esa zona de mi cuarto se había convertido en un depósito de libros, cuadernos, files, trabajos, archivos, CDs, cremas (¿por qué éstas no estaban en el baño con el resto de mi Beautification Pack?), cajas vacías, y muchas, muchas revistas (25 People, 3 Somos, 2 Cosmopolitan, 5 Vogue, 3 GQ y una Gisela, que la verdad, me consterna saber qué carajos hacía ahí). El teclado empolvado, la impresora en desuso y el scanner más podrido que el sistema judicial del país, me hicieron darme cuenta que era hora de eliminar todo lo que tenía al frente, independientemente de las razones por las cuales se encontraba todo ahí. Pero no podía empezar por aparatos electrónicos de difícil destierro, iba a ser muy complicado. Así que decidí pasar al siguiente rubro de limpieza: el clóset.
Mi clóset tiene una gran importancia para mí (NO pun intended, para quienes quieran hacer chistecitos predecibles al respecto), ya que la ropa es un factor de enorme trascendencia para quienes tienen la sensibilidad estética suficiente para diferenciar algo que te queda bien, de algo que te queda perfecto. Pero era quizá esta tonta sensibilidad (y flojera, claro está) la cual me había evitado durante ya bastantes años hacer una barrida completa que me ayudara a determinar qué se iba y qué se quedaba. Empecé por mis cajones, pensando que así sería menos doloroso el proceso. En el de ropa interior encontré medias que compré para cuando me inscribí en el gimnasio en el año 2005, guantes de lana (¿en qué demonios pensaba?) que compré en algún viaje a provincia, clazoncillos de marcas que ni siquiera quiero mencionar, y polos de pijama que me asustó ver que seguían en mi cuarto (como mi polo de las cachimbadas PUCP – Letras 2002; entré en SHOCK). Eliminado todo. Pasamos luego a los polos regulares, distribuidos en tres cajones diferentes: Polos de diario (clases, compras, un café en la tarde, etc.), polos de no tan diario, por ende un poco más bonitos que los anteriores (almuerzos familiares, comidas, y uno que otro evento de menor importancia) y los polos fiesta (It’s Britney, bitch). Tuve que eliminar más de los esperados, sobretodo porque las tallas eran una cosa de locos. O yo tuve un pasado de obesidad mórbida que estoy aún tratando de definir, o la moda ha afectado el entalle de la ropa de modo que mi cuerpo latino tiene que estar más expuesto de lo imaginado, go figure. Encima de todo coloqué los más nuevos, para no sentir que mis prendas habían sufrido una baja tremenda después de mi depuración veraniega.
El siguiente cajón, destinado a shorts, ropas de baño y por lo visto, chalinas, contó con una eliminación rápida e indolora. Los shorts gigantes pasadísimos de moda fueron más que sacados del mapa, Volcom aplastó a un par de Billabongs de antaño, y como las chalinas se convirtieron en mi “thing” invernal recién hace tres años, todavía no estaban en categoría desechable. Lo que sí hice fue cambiarlas de zona, ya que ésa era completamente incorrecta para ellas.
Llegamos entonces a los zapatos. WOW. Tengo mucho más zapatos de lo que me acordaba. Zapatillas que compré también para el gimnasio (al cual fui 2 meses), unas zapatillas que compré en oferta y recién ahora entendí por qué estaban en oferta, otro par que me prestaron mis amigos en algún momento cuando no tuve tiempo de cambiarme en mi casa, incluso unas que me compré en una feria de Adidas en la playa hace ya tantos años que me avergüenza comentarlo. Definitivamente yo tenía un problema con los zapatos, y era lo que menos botaba.
En los años pasados más recientes de mi vida, tuve una pequeña obsesión con las chompas y sweatshirts. Así que al llegar a los estantes en donde guardo todas éstas, mis compras al respecto se hicieron evidentes. Lo más gracioso es que a pesar de todas las que encontré, me di cuenta de que me he pasado el invierno completo diciendo “No tengo nada que ponerme”. Irónicamente, me queda claro que lo voy a seguir haciendo.
Luego me cansé. Todo había sido un extenuante trabajo psicológico, así que decidí tomar un vaso de agua y fumar un cigarro en la sala. En medio de mi descanso, decidí pasearme por la casa a ver si el resto de mis familiares contaba con mi misma deficiencia “desechísitca”. Mi madre por supuesto que no, su clóset estaba más ordenado que cava de vinos y no creo que hubiese nada que ella tuviese pensado desechar pronto (aunque, por más que la ame como la amo, le recomendaría botar un par de sandalias cuña que no están haciendo bien a nadie). Mi papá, on the other hand, me dejó claro que es de él que he heredado mi habilidad de apegarme a los objetos innecesarios. Cuando vi en su lado del clóset unas corbatas circa 1983, me di cuenta que este gen es perenne. Finalmente me paseé por el cuarto de mi hermano, quien siendo diez mil veces menos obsesivo compulsivo e histérico que yo, ha logrado mantener un orden relativamente simétrico en su habitación. Vi al costado del radio (malogrado hace años, en eso es un poco como yo y mi papá también) su colección de shots (sí, shots, como tequila shots), recolectados de los varios países del mundo a donde viaja debido a su labor de negociar el TLC, y no pude evitar cuestionarme: ¿Será que mis polos, chalinas y zapatos, son mis shots? ¿Mis revistas, con sus varias páginas dobladas marcando fotos, publicidades o artículos que me interesaron, son mi forma de guardar algo que tuvo cierta importancia para mí? ¿O soy sólo un cachivachero que no bota nada? Esta limpieza veraniega resultó ser un poco más terapéutica de lo esperado.
Finalmente, regresé dispuesto a embarcarme en la batalla final de purificación de mi cuarto. Revisé la parte superior del clóset, en donde tengo desde juegos de mesa, mis libros antiguos de la universidad (me chocó bastante ver Derecho Civil 8: Contratos - Volumen I) y por lo visto, una colección de bolsas de compras. Intenté jalar una pita naranja que colgaba armoniosamente, pero fue muy tarde cuando me di cuenta que se me venía encima la bolsa de Lacoste a la cual pertenecía dicha pita, teniendo dentro la caja de Jumanji (el juego, sí, pero obviamente no el verdadero del cual salen rinocerontes y leones). Fui noqueado sin más, y sólo pude darme cuenta que cayeron con la caja muchas más bolsas de varias otras marcas, haciendo evidente mi desorden compulsivo por comprar cosas más caras de lo que debería y mi clara huachafería por guardar cada una de ellas. Son estos momentos en los que me burlo de mí mismo pero nace un tierno afecto hacia mi persona.
Sólo atiné luego a pararme, regresar las cajas y bolsas al lugar en donde estaban, y considerar por terminada mi limpieza veraniega. Baby steps, como siempre digo. Uno no puede esperar cambiar de la noche a la mañana; además, quién es quién para juzgar el nivel de importancia que uno le puede dar a las cosas que guarda, ¿o no?
Así que out with the old, in with the new. Puedo por lo menos afirmar que ya tengo espacio para recibir al 2009 y todo lo que éste traerá consigo. Está bien, ni cagando espacio para todo, pero lo suficiente para meter lo nuevo, y apretujar lo viejo; ya sea al fondo de mi clóset, o de mi orate cabeza.

"In the midst of this nothing, this miss of a life.
Still there's this one thing just to see you go by.
It's almost like lovin', sad as that is.
May not be cool, but it's SO where I live.
[...]
It's like we stop time. What can I do?
We've all got our junk, and my junk is you.
My junk is you. My junk is you.
You. You. You."
Spring Awakening - My Junk

Tuesday, December 16, 2008

Stress & the City

Lima no es Nueva York (clearly). No tendremos edificios de ochenta pisos, grandes corporaciones a la vuelta de la esquina, un metro (tenemos demasiados Metro y Plaza Vea, sin embargo) o una avenida gigante con las mejores marcas del mundo donde un abrigo cuesta igual que un pequeño país (con gente incluida). Pero, al igual que allá, tenemos tráfico, bulla, horas punta, y la impresión de que nuestra ciudad soporta más gente de lo que debería.
El censo realizado en el año 1993 determinó que Lima contaba con aproximadamente 6.7 millones de habitantes; cantidad luego revisada por el censo de este 2008, la cual es actualmente de 8.8 millones de habitantes. Geográficamente, se expande en un territorio horizontal que comprende el 5 ó 6% del total nacional (give or take; no soy geógrafo). Pero sin embargo, alberga al 32% de la población nacional. En otras palabras menos técnicas y aburridas: es un HORROR.
Estamos acostumbrados, sí; pero no porque sea fácilmente soportable, sino porque no nos ha quedado otra. Puedo empezar hablando del tráfico. ¿Cómo alguien soporta manejar en esta ciudad? Cuando la gente me pregunta cómo es posible que hasta el día de hoy yo no tenga brevete, ni siquiera tengo que responderles; simplemente señalo la ventana que tenga más cerca y les digo: “A estas alturas, ¿tú crees que me provoca tenerlo?” Es imposible, así de simple. Es una ciudad, dentro de todo, pequeña. Las distancias no deberían de tomar mucho tiempo en ser recorridas, sin embargo, son horas de tráfico que hay que sobrevivir. Gente que maneja pésimo, carros que uno tiene que esquivar como si fuera un pinball, carcochas que se desarman y deberían estar vetadas por el Ministerio de Transporte; nadie avanza JAMÁS cuando hay luz verde, pero sin embargo, todos se terminan pasando la luz roja. Canaval y Moreyra a las seis y media de la tarde es insoportable sin un ansiolítico tomado a las cinco, pero eso hace imposible manejar, entonces tienes que esperar hasta las ocho que te baje el efecto y crees que el tráfico se relaja, pero no eso pasa tampoco. Javier Prado parece procesión de la Virgen de Chapi, y salir del centro de Lima (si por alguna extraña razón están ahí) es un mito urbano.
Lo peor de todo es que las calles siguen rotas (¿todavía quedan cumbres diplomáticas por realizarse?), hay desvíos que nos mandan por circuitos desconocidos y las horas punta son cada vez más largas. Además, ver cómo la gente se sube en micros donde no entra nadie más, es un escándalo. Una viejita colgada de la ventana, una niña en la parrilla del bus, y un cobrador que se da piruetas mismo Nadia Comaneci para moverse dentro del pinche vehículo. Y hoy en día hay hasta tráfico los sábados. ¡Sábados! Hace unos cuatro o cinco años eso era casi inverosímil.
Pero no sólo la aglomeración vehicular es un parto, sino también la peatonal y particular. Parece que todo el mundo quedara de acuerdo en hacer lo mismo un determinado día. Tú te despiertas un fin de semana y dices: hoy me provoca almorzar en, por ejemplo, T’anta. Pero parece que a todo Chacarilla también le provocó, entonces te jodiste, porque la chica de la entrada te va a recibir con una sonrisa y la cómica noticia que tendrás que esperar de 30 a 40 minutos para una mesa. Las mesas cada vez están más juntas, y tu conversación termina siendo algo menos que privada (cosa que para mis espionajes urbanos me cae regio, eso sí). Si por algún motivo decides ir al Jockey Plaza, tus horas están contadas. Es como cuando éramos niños y jugábamos a ver quién soportaba más tiempo debajo del agua, sólo que ahora no es un juego y el agua es reemplazada por un mar humano. Compras un par de zapatos y gritas: ¡YA! ¡Me voy! Game Over. Y sin contar a la gente que va a realmente comprar algo, tenemos a las bandadas de seres que van a pasar el día o pasearse por ahí. ¿Por qué harían eso? Ya ni siquiera es bonito. Y no me hagan empezar con el tema de las compras navideñas, porque me pongo hostil.
En lugares como Larcomar provoca renombrar el local y gritar “¡Largo, al mar!, pero uno se contiene. Podemos poner caras, pero al final el estrés es mayor y no ganamos nada. Claro que también contamos con el estrés que significa ir a un lugar cerrado, a diferencia de un centro comercial. Decidir salir en la noche a tomar un trago o de parranda a donde sea, sólo supone más crisis en nuestra cotidianeidad. Nunca hay mesas suficientes para la cantidad de gente que llega, el calor es (literal) infernal y te da miedo prender un cigarro porque es casi imposible no quemar a alguien (si no te quema alguien antes). Y como en Lima la novedad es imán, basta que se inaugure un local para que estar dentro, por más que estés pegado contra la barra y clavándote una copa de Hipnotini en la ciática, signifique pasarla REGIO y haber tenido una juergasa. Felicitaciones a los clichés limeños por ese poder de mentalización tan enérgico. ¿Mientras más reviente un sitio es mejor? Hmmm. Ir o no ir, esa es la cuestión. La popularidad de un local es inversamente proporcional a la comodidad que signifique estar dentro.
Luego tenemos los lugares donde tenemos que asistir por necesidad. Los bancos, por ejemplo, tienen un sistema de tickets que nadie entiende. La pantalla dice C45, tu ticket es E178, pero están atendiendo al T84. ¡¿AH?! Uno se sienta en sus mortales banquillas, esperando que el siguiente “tu-ru-rín” que suene sea, por favor, nuestro número. Y si decides ir en quincena o a fin de mes, Dios te ampare, hijo mío.
Seguido se encuentran los supermercados. ¿Acaso TODAS las personas deciden hacer compras el mismo día? Incluso cuando decimos “hoy no creo que haya mucha gente”, el local explota. Los carritos de compras se convierten en carritos chocones, la gente se te cruza en el camino como si los espacios entre anaqueles fuesen leguas de distancia, y han diseñado unos carritos gigantes (literal carrito-timón-llanta) donde entran los niños y hacen tortuoso tu día de compras. Por supuesto que las cajas (de cada diez funcionan dos) tienen colas insufribles, cajeras que no entienden tus pedidos y maquinas que no leen tu tarjeta.
Y finalmente, hasta los lugares donde uno va a relajarse y pasarla bien, resultan siendo un desastre, cumpliendo a veces todo lo contrario de la razón por la cual vinimos en primer lugar. Por ejemplo, estoy escribiendo todo esto sentando en Starbucks (tomando un Dark Cherry Mocha, regio; pero viendo a una gordilla mortífera chupando la tapa de su lapicero sentada frente a su amiga aún más mortal que ella, la cual está oliendo la tapa de su botella de Té Tazo), pero mientras esperaba mi café, sólo había una mesa disponible en la terraza, lo que me ponía en una lucha contra el tiempo, no sabiendo si sería más conveniente dejar mi café aventado por los suelos o apoderarme del único lugar donde podía cómodamente sentarme, no morirme de calor, prender un cigarro y conectar mi fucking computadora. Al final hice todo, sí, pero no puedo decir que fue relajante y confortable como supuse lo sería mi tarde, por lo menos al comienzo.
Es así como puedo determinar lo estresante que es vivir en una ciudad como Lima. Ojo, no lo tildo como desagradable, aburrido o tóxico (a veces, no más), pero sí es agotador y agobiante. ¿Le estamos exigiendo a Lima más de lo que puede darnos? ¿Estamos exprimiendo el limón cuando sólo quedan pepas y cáscara? ¿O es que somos nosotros los que no sabemos organizarnos como sociedad? Difícil de determinar. Lo único que puedo dejar claro y que admito a veces me da pena, es que todas estas cosas nos (me incluyo, para catalogar también como personal al asunto) ponen de malos humores y nos obligan a hacer hígado cuando no necesariamente queramos hacerlo. Uno (ahora sí hablo de mí) trata de ser regio, educado, correcto, buena gente y fabuloso, pero es tan difícil conseguir esto en una ciudad que lo único que hace es empujarte a lo contrario.

Monday, October 27, 2008

Se pasaron de Pendejos vol. 5 - Office Edition


Ya que por mucho tiempo he dejado de lado mi entretenida columna “Se pasaron de pendejos”, decido retomarla escogiendo como tema central esta vez a las oficinas. Muchos de nosotros trabajamos o hemos trabajado en una oficina típica. Algunas más bonitas que otras, otras más informales, otras mortíferas, pero siempre con ese inconfundible sabor oficinesco que sólo la burocracia puede brindar. Creo que en mi experiencia, tanto la vivida como la escuchada, he podido, como siempre, absorber suficiente información como para poder dejar clarísimas mis apreciaciones al respecto.
Así que para los que entienden la experiencia de trabajar en una oficina como los que no, les brindo mi listado de los que se pasan de pendejos en el mundo laboral ejecutivo. En la oficina, se pasan de pendejos:
Los que llegan tarde casi todos los días pero siempre dicen: “Asu, no SABES el tráfico que hay”, los que mastican clips o los usan para limpiarse las uñas, los que encuentran todos los métodos ilícitos para meterse al messenger, la que tiene el fondo de pantalla de su computadora con un osito que dice “Te quiero”, los que limpian su monitor con baba, los que abren mail con virus y lo reenvían (igual los que te piden prestado el USB y te lo devuelven con más virus que el hospital Rebagliati), los que ven porno en la oficina, los que por alguna extraña razón aún usan diskette, los que mandan cadenas religiosas o de la amistad (“reenvía esto a todos tus amigos y tendrás un lindo día”), los que le agregan una firma a sus mails como esta: :) ~~++~mArY~++~ :) ; los que mandan mails comunales de quejas pidiendo cosas como “porfis, si usan la impresora cheken que quede papel para que el siguiente no se quede sin nadaaa, okkkkk???”, los que se pasean por la oficina con su blackberry o mandan mails desde ahí cuando tienen su computadora a menos de 4 metros de distancia (puntos extra para los que lo usan en el baño), y la que escucha MDO o Miriam Hernandez (o cualquier romanticada latina semejante) con los parlantes de la computadora en máximo volumen (puntos extra si canta).
Los que se roban la mitad del almacén de útiles, la que pide un “pósit” (sí, ‘Post-it’ en vernacular), la que tiene lapiceros de todos los colores y no los usa nunca, los que ponen peluchitos encima de la computadora, el que recién empieza a trabajar y ya se jura amigo de todos, los que se fuman un pucho en el baño, los que le dicen carnet (o peor aún, carné) al fotocheck, los que no saben que la corbata debería combinar con la camisa (oh sí, ilusos proletarios), las que se van a almorzar a la una y regresan a las cuatro y media pero lacias, los que duermen en el baño o cuartito caleta, el que se le marca la camisa con sudor, las que creen que ropa de oficina + verano = sandalia chata y polito, el que hace sus cuentas con una calculadora chiquita de merchandising, los que llevan loncherita con taper y calientan su papa rellena en la oficina dejando todo apestando a comedor popular, los que van con la misma ropa toda la semana, la que se tiró al jefe, el que se tiró a la secretaria, la putiborracha que siempre se chapa a alguien en la fiesta de navidad, el “amigo secreto” navideño que regala algo barato (un llavero de Alda, ¿EN SERIO?), el que deberían despedir y sin embargo nunca lo botan y el que chequea su Hi5 en la oficina (o el que chequea Hi5, PUNTO).
¿Más? Obvio. El sobón del jefe, los que fotocopian su mano, cara y/o culo, el que se estaciona en Los Portales pero no tiene plata, el que caga y deja el baño apestando a estadio, la que se perfuma con COTY varias veces al día, el que toda la oficina cree que es gay pero dice que no, el que se ríe en voz alta para que todos le pregunten qué pasa, la gordita que tiene el cajón lleno de Sublimes, la que dice que ya almorzó pero en verdad es anoréxica, el que llega tarde el viernes porque se la pegó el jueves, el practicante que se inventa el horario, el que lleva un cactus porque dice que es feng shui, las salas de espera con revistas del año 97 (no son gente, pero culpemos al encargado), los que nunca entendieron qué significaba casual friday, la que va maquilladísima, los que hablan en speaker y toda la oficina se entera de sus roches personales, la que llora en el baño porque el superior le gritó, el que escribe su nombre con plumón indeleble en todas sus cosas porque cree que le van a robar (y el que eventualmente le roba), la que lleva a su hijo a la oficina porque no tiene donde dejarlo, el que mete la mano y coge tu mouse sólo porque le dijiste que te ayude con algo de la computadora, el que siempre pide plata prestada cuando salen a almorzar, la que decora su escritorio en navidad (sí, la de los gorritos en el monitor) y el que cree que por ir al gimnasio 30 minutos en la hora de almuerzo ya es Van Damme.
Ahora bien, me queda claro que debe haber mil cosas más que ustedes han vivido en sus experiencias oficinísticas, pero eso ya se los dejo a ustedes. Los dejo por ahora porque, I have a plane to catch. Ya les contaré.
*+~+*rUf*+~+* (VO-MI-TO CON LA FIRMA)

Monday, September 22, 2008

A la Pirámide dile NO


Una pirámide es un poliedro limitado por una base, que es un polígono cualquiera; y por caras, que son triángulos y coinciden en un punto denominado ápice. Ya que no somos Arquímides, definamos una pirámide como una estructura triangular que va aumentando mientras llega más abajo. Precisamente es ésta la pirámide de la cual quería hablar.
Me ha dado mucha curiosidad ver cómo en los últimos años los grupos de venta en pirámide han aumentado como los cocainómanos en los años ochenta. Son como pequeñas sectas: te buscan por lo bajo cuando ven que puedes tener habilidades (o plata) para prosperar en su pequeño negocio, no te informan de nada hasta que llegues a la reunión oficial de iniciación, y si es que ya estás en este sacro meeting, te empiezan a contar de miembros alrededor de todo el mundo que han triunfado muchísimo siguiendo los lineamientos de la… “Orden”. Por Dios, la gente ya no sabe qué hacer para sacar plata.
Todo empieza, supongo yo, con las consultoras de cosmética barata, como Unique, Oriflame, Ebel y esas cosas. O sea, el día que alguien me diga que una consultora de M.A.C. o de Estée Lauder está reclutando gente para su pirámide me dan cinco soponcios al hilo. Bueno, la cuestión es que estas sujetillas se paseaban en las oficinas enseñando sus pequeños catálogos en soles, esperando que alguna muchacha de piel no muy sensible caiga en sus redes. No era un funcionamiento tal cual pirámide como lo conocemos hoy en día, pero digamos que es su antecedente más cercano: Evelyn con su taquetillo guinda esperando a que Giselle le pague el labial cerezo carmesí que le vendió en mayo.
Pero hoy en día, estos temas han evolucionado completamente. Ya no es Evelyn la única vendedora para el público demandante, sino que han aparecido toda esta suerte de cofradías comerciantes, los cuales sin darte cuenta, están mucho más cerca de lo que te habías imaginado.
No es que sepa de TODAS las marcas que venden en pirámide, pero puedo dar fe de las que sí, y he llegado a la irrefutable conclusión de que son un ligero fiasco y una seudo estafa que funciona para muy pocos. “Ay, mi tía se metió a una de esas empresas de pirámide y no sabes lo bien que le está yendo” Bueno, snaps for her. Pero a mí no me meten la rata pues.
Empecemos con la primera: Travel One. Ok, este sujeto me ha traído a Starbucks para explicarme un sistema complicadísimo de ventas, está haciendo garabatos en su cuaderno, me habla de viajes, de hoteles y pasajes. Todavía no sé qué cuerno habla. El Caramel Macchiato me está cayendo RE pesado y este personaje no está haciendo mi tarde más light. ¿Qué tengo que QUÉ? ¿Pagar mil doscientos dólares y para colmo meterle la yuca a más gente para que lo haga? ¿CON QUIÉN CREES QUE ESTÁS LIDIANDO PEDAZO DE GORDILLO CON DEMASIADO PRODUCTO PARA ESE PEINADO? (Y by the way, ¿por qué alguien seguiría usando gel? Es mortal y hay mucho mejores opciones)
En fin, la cuestión es que después de entender su bizarro sistema, pude llegar a la engorrosa conclusión de que lo único que le vendes a la gente es un sistema de rebajas en viajes y estadías, pero que te cuesta casi US$ 1,200.00 y que para que esa plata no se vaya al tacho, tienes que mandarte estas reuniones de conversión religiosa con gente a la cual conozcas y estés dispuesto a hacerles perder el tiempo. Citando a Alejandro Sanz: Te lo agradezco, pero NO.
Es decir, siendo lógicos, si tienes mil doscientos dólares para gastar en una boludez semejante, me puedo mandar un buen viaje a Las Vegas, Cancún o Bariloche, gracias. Y SIN tus descuentillos.
La Pirámide fit: Herbalife. Polvos nutricionales, pastillas, vitamínicos, tés, etc. Todos con el veintiúnico objetivo de bajar o controlar el peso. Señores, una palabra para ustedes: DIETA. El pack promedio de Herbalife, con sus brebajes y píldoras con nombres en inglés, como 2-Cell Activator, o Cell-u-Loss whatever, cuesta alrededor de US$ 230.00 y te asegura la lenta pero segura pérdida de peso. Bueno, les cuento que en Wong el kilo de tomate, de zanahoria, paquetes de lechuga y apio no suben de los S/. 3.70. Importante dato cuando haces tus cuentas a fin de mes. ¿Quieres bajar de peso? No TRAGUES. Punto.
Claro que es importante recalcar que Herbalife tiene un sistema de clientes que sólo consumen los productos y por lo otro lado, los miembros de la secta vendedora. Pero es muy trascendente recalcar que a estos últimos les importa un coño si bajaste 2 o 14 kilos. Sólo quieren que les compres un pack adicional el mes siguiente.
Peeeeeero, como son los habitantes de nuestra querida ciudad, Herbalife ya es un éxito. Muchos han caído en sus garras por el simple hecho de que les da flojera comer verdura.
Luego sé de la existencia de AGEL o algo así. No me he informado mucho al respecto, pero lo que he entendido es que es el mismo sistema de venta piramidal, pero esta vez, el producto consiste en geles nutricionales que puedes comer para tener más vitaminas, energía, desintoxicar el cuerpo, etc. Son diferentes sachets de gel que saben a las noventeras vitaminas de los Picapiedras, y claro, para unirte al clan AGEL y poder vender estas emocionantes pastas energizantes, sólo tienes que pagar la cómoda suma de aproximadamente US$ 1300.00. REGIO, ¿no? Se nota que es un producto SUPER útil, y nadie va a tener por qué decirme que no cuando vaya a sus casas a ofrecerles beneficios que pueden obtener, nuevamente, de cualquier verdura.
Yo sé, ahora bien, que como siempre, puedo sonar agrio, ácido y amargado con la vida al escribir estas cosas, pero soy simplemente fabuloso y realista. No niego, ante ninguna premisa, que los productos ofrecidos cumplan sus objetivos y que finalmente muchísima gente haya hecho un excelente negocio con las ventas de pirámide. Pero es más que claro que muchos se han quedado colgados en la mitad porque no pudieron embaucar a sus familiares o amigos, perdieron tiempo en la búsqueda de alguien que realmente le sobraba la plata y finalmente su inversión no fue fructífera. Además cabe resaltar que los productos ofrecidos están VULGARMENTE overpriced. Si quisiese en serio bajar de peso, puedo hacer la dieta de la cebolla, de Atkins, la del tilo; por Dios, creo que hasta Pun y sus (también) carísimas hierbas chinas sale más barato.
Es por eso que me indigno cuando estos sujetos te tratan de convencer con argumentos que leyeron en un libro de autoayuda tipo “Cómo triunfar en tu Negocio” o “Aprendiendo a convencer al cliente”. Te sacan el folder con los cheques enmicados enseñándote lo mucho que puedes llegar a cobrar. Luego las fotos de cuando todo el “equipo” se fue de viaje a Santa Marta o Costa Rica (recalco que en esos momentos, al ver al “equipo” sólo te dan más ganas de decir no a su seudo negocio). Bueno señores, yo no me sentiría bien diciéndole a mis conocidos que están a punto de invertir mil y pico dólares en la ruleta rusa. Es como apretarle el botón de Maximum Bet en la maquinita del casino cuando alguien ya metió su billete de 50 dólares.
Y para cerrar con algo obvio y muy inmaduro sobre los vendedores de pirámide y su afán pusher porque te metas a su negocio: Caen chinche.